Tabi bajo la mesa

BY IN A divertirse, Y para los padres 4 COMMENTS

Niños que no comen bien, padres desesperados.

Imaginad que a media mañana os dijesen, ¡duérmete! Imposible, ¿verdad? Así me sentía yo de pequeña en casa cuando llegaba la hora de la comida. Tenía que terminar lo que estaba en el plato, pero yo no me lo podía comer, simplemente era demasiada comida para mí. Razón por la que salieron volando por el patio innumerables trozos de merluza a la romana, plátanos, patatas asadas… incluso filetes enteros que, como ardillas planeadoras, iban rebotando en las cuerdas de tender, impregnando de su jugo y condimento la ropa recién lavada de los vecinos de abajo. Ahora confieso, era yo.

En el colegio, muchas horas perdidas de recreo. No me gustaba la comida que ponían y no me la quería terminar. Así que pasaba mi turno de comedor, los amigos salían a la explanada a jugar y yo me quedaba frente al plato. Y pasaba el segundo turno… y venían las limpiadoras, y yo seguía allí sentada, rodeada de un bosque de patas de sillas que ya habían sido colocadas sobre las mesas mientras se barría y fregaba el suelo. Hasta que sonaba la campana liberadora y me tenían que dejar marchar.

Estas penosas experiencias se ligaban cada vez más al momento de comer, de forma que cuando daban las 12 del medio día ya empezaba a ponerme nerviosa pensando en lo que me esperaba. Salvo en los fines de semana. Todos los viernes íbamos al pueblo, y allí estaba mi perra Tabi, mi cómplice. Las comidas en Serón no me agobiaban porque sabía que, sigilosa como un marine de las películas, arrastrando su barriga por el suelo, Tabi vendría a salvarme. Le estaba prohibido entrar en la cocina, pero ella siempre se las ingeniaba para colarse. Callada, inmóvil y atenta, se colocaba bajo la mesa justo a mi lado, y su hocico hábil iba cogiendo al vuelo los trozos de pollo asado, los filetes de lomo, la verdura o incluso la fruta, que ella era perrita de campo y no le hacía ascos a nada. Una simbiosis perfecta.

Perro bajo la mesa

Mi desgana por comer no se me pasó hasta que me fui a estudiar fuera después de la universidad. Viví dos años en Bruselas comiendo lo que quería, y el hecho de sentarme frente al plato y saber que yo elegía si terminarlo o no, me reconcilió con la comida. Hoy disfruto comiendo porque tomo la cantidad que necesito, a veces más otras menos. Así de sencillo, así de evidente.

Todo bien hasta que tuve a mis trillizos, prematuros, pequeñitos y muy delgados que comían poquísimo. Lo normal habría sido pensar que después de mi experiencia personal habría entendido desde el principio que, mientras estuviesen sanos (visitas y chequeos regulares del médico), el que comiesen poco no era un problema. Pues no. El ver que tu hijo está muy delgado, el ofrecerle comida y que la rechace es algo desesperante.

Me costó mucho relajarme y aceptar que tenía que dejarles comer la cantidad que quisiesen. Hacerle caso a la médico especialista en nutrición que me insitía en que no debía preocuparme, que los niños estaban sanos y bien. Pasaron casi dos años hasta que un día comprendí que no podía tenerles allí sentados en las tronas, así, tan infelices, tan indefensos… sin una Tabi bajo su mesa.

Escribo esto para compartirlo con otros padres con hijos que comen “mal”, para que no os sintáis desesperados. Porque seguro que además, la gente, la familia y amigos, con toda su buena intención, no dejan de remarcar lo evidente: ¡Ay! ¡Qué delgaditos están los niños! ¡Tendrían que comer un poquito más!

Pues bien, esto es lo que nosotros hicimos, ¡nos ha ido fenomenal!:

  • Consultad con un médico, y si no hay problemas de salud, no os preocupéis.
  • No obligéis a vuestros hijos a terminar la comida que no quieran. Ya comerán cuando tengan hambre.
  • No forcéis a vuestros hijos a comer lo que no les gusta. Su paladar irá cambiando y terminarán tomando una dieta más variada.
  • Haced de la comida un momento agradable, sin riñas ni malos humores. Que el sentarse a la mesa sea uno de los momentos familiares y relajados del día. Comed juntos y cuando tengáis ocasión invitad a otros niños (¡de los que comen fenomenal!) a comer con ellos.
Winnie the Pooh picnic
  • Invitadles a probar alimentos nuevos, pero sin imposiciones. Si ellos saben que pueden probar algo y dejarlo estarán mucho más dispuestos a probar.
  • Sed creativos, intentad nuevas recetas, comidas visualmente atractivas.
Castillo de frutas
  • Cuando tengáis tiempo, intentad que el niño participe en la elaboración; por ejemplo, preparando una pizza o un sándwich a su gusto, “el especial de María/Juan”. Y si es posible, llevadles al mercado antes para que elijan ellos los ingredientes.
Mini chef
  • Sed prácticos. Para un niño que coma bien está estupendo que se le ponga la verdura a la vista en el plato, pero si tu hijo es de los que no la va ni a tocar, métela en la trituradora, hazle sopas de verduras que no verá pero que le alimentará igual. Lo mismo con la fruta, desde que compré la licuadora mi vida cambió, toda la fruta en batido, un chute de vitaminas cada día. Con el tiempo dos de ellos se han acostumbrado a tomarla natural, el tercero ya caerá 🙂
  • Dadle importancia al desayuno, sobre todo si ya van al cole, porque seguramente allí no coman bien. Merece la pena levantarse 15 mins antes y darles un desayuno contundente, tortilla francesa con trocitos de jamón york, gambitas, o queso… porridge (papilla de cereales), salchichas, un buen vaso de leche, tostadas con miel… ¡tantas cosas que puedes combinar! Ellos se van llenos de energía y tú te quedas tranquilo sabiendo que no van a desfallecer en clase.
  • No sustituyáis las comidas sanas por chucherías, bollería, comida de baja calidad que puede que les guste más y sí engorda. Les quitará el poco apetito que puedan tener y no les nutre. Ingerir no es alimentarse.

Mis hijos ya tienen 14 años y siguen siendo delgados, pero están sanos, fuertes y altos. En general comen de todo, salvo alguna cosilla que a cada uno no le gusta, lo normal. A uno de ellos le chiflan los caracoles en salsa picante y los dátiles, a otro el sushi y la comida asiática, al tercero el jamón serrano y los champiñones. Pero a esto hemos llegado poco a poco, sin imposiciones pero sin comida basura o chucherías sustitutivas.

Al final, ya veis, enseñar a los niños a amar la comida es como enseñarles a amar la lectura. Se necesita mucha paciencia, imaginación, determinación y, porqué no decirlo, trabajo por parte de los padres, todo para que a ellos no les suponga esfuerzo ni agobios.

4 Comments

  1. Arkham37 |

    Totalmente de acuerdo. Tengo 25 años y hasta hace dos siempre he comido lo mismo (patatas fritas, carne, pasta y pocas cosas más), sin probar la fruta ni la verdura.
    Mis padres nunca me obligaron a comer a la fuerza y he crecido sano y el médico nunca me ha dicho que estuviese con carencia de nutrientes.
    Ahora por ejemplo, la fruta y la verdura me encantan, supongo que todo es cuestión de ir madurando y sin forzar.
    Y si algún día tengo hijos, el dedicar un día a preparar una comida que haga él y le guste, será una genial idea.
    Un buen artículo. Felicidades.

    Responder
    • Miss McHaggis |

      Muchas gracias por el mensaje y por compartir tu experiencia con nosotros. Cuando tengas hijos me da que os lo vais a pasar genial! Un abrazo, Patricia.

      Responder
  2. Lola Alonso |

    Enhorabuena Patricia. Lo has expuexto de forma magistral y perfectanente, muy provechoso para los padres, porque los Pediatras, cuando les hablamos de la buena salud se su hijo, su crecimiento en talla, (más importante que el peso)se marchan poco convencidos porque no le hemos prescrito ningún estimulante del apetito ni ningún polivitamínico. Sólo había que tener paciencia, comer con ellos y esos trucos de triturar todas las verduras que les gustaban menos e introducirlas como espesante de caldo en los guisos de legumbres y arroces y pastas con pescado.
    Lo que nos preocupa más a los pediatras, es la obesidad infantil, precisamente comedores de todo y posiblemente no todo, sea comida sana.
    Nunca he obligado a comer a los niños. Aún a mi edad, sigo escuchando ese ” Lola comes muy poco, come más” algo que he oído toda mi vida desde que recuerdo. Y en el internado, me hacían bajar las monjas a tomar el resto de lechuga que dejaba en el plato. Y me encanta la lechuga, pero sin aliñar, ni sal, ni vinagre ni aceite.
    Gracias por tu aportación Patricia, eres una gran aliada de los pediatras.

    Responder
    • Miss McHaggis |

      Muchísimas gracias Lola, tu mensaje es muy importante. Yo puedo dar mi opinión como madre, pero la tuya como pediatra es la que tiene peso específico! Me alegro mucho de que estés de acuerdo. Besos, Patricia.

      Responder

So, what do you think ?