Mensaje Secreto: El reto

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Pista: La frase más útil en el cole.

 

EL RETO

 

Texto original del equipo de Miss McHaggis

—lo Siento—dijo José—, no puedo…

 —No seas cobardica, vamos los dos juntos. Sólo son historias que nos cuentan para meternos miedo, los fantasmas no existen. Si no vamos, seremos el hazmerreír de la clase.

José y Rafa estaban bajo el viejo árbol de la plaza, escondidos en las sombras, porque aunque era medianoche, la luna llena iluminaba el pueblo con su luz fría y metálica. Se habían metido en un buen lío cuando accedieron a jugar al “¿Te atreves?”.

El curso no podía haber empezado peor; de tutor les había tocado ni más ni menos que D. Aurelio, el profe más temido de toda la secundaria. No tenía hartura a la hora de mandar deberes y además castigaba a todo bicho viviente por la menor pequeñez. Fue famoso el caso del bueno de Gonzalo, que el año anterior se pasó un trimestre entero limpiando pupitres por haber pintado en el suyo con un rotulador, ¡y eso que el dibujo le quedó francamente bien! Y para colofón, no se les había ocurrido mejor idea que lanzarse a jugar con el chulito de Miguel al  “¿Te atreves?” durante el recreo de la mañana. Perdieron, razón por la que se habían tenido que escapar de sus casas en mitad de la noche para completar el reto que les impuso.

Y allí estaban cual pasmarotes, haciendo acopio de valor antes de enfilar el camino del monte, el que se adentra en el bosque y termina en la gran cancela de hierro de la casa embrujada.

La misión era en teoría sencilla: entrar en la casa durante la noche y dejar un pañuelo rojo que les había dado Miguel como prueba.

—My hermana me dio estas chocolatinas, las he traído por si tenemos hambre —dijo Rafa enseñando un paquete sin abrir—. También he cogido una linterna y una brújula por si nos perdemos.

Empezaron a andar deprisa y sin hablar, escuchando el ruido del viento entre los árboles mientras las hojas caían sobre sus cabezas como lluvia de otoño. Oyeron a un pérro ladrar, más bien parecía el aullido de un lobo.

—Creo que he oído algo, unos pasos —susurró Rafa. Se dio la vuelta y se paró, pero no vio nada.

El aullido se escuchó otra vez, más cerca.

—¿Nos están siguiendo? ¿Será un hombre-lobo? —preguntó José con un hilo de voz—. Tengo miedo, esto es una mala idea, ¡sólo a nosotros nos ocurre salir en noche de luna llena! ¡Volvamos!

—¡Ni hablar! Prefiero vérmelas con el hombre-lobo ese a tener a la panda de Miguel burlándose de mí todo el año —le contestó Rafa haciéndose el valiente.

Siguieron andando. El camino se hizo más estrecho y era difícil avanzar. Ya nadie se adentraba por esa parte del bosque y las ramas de los árboles invadían el sendero ocultándolo casi por completo.

Cuando llegaron a la cancela de hierro volvieron a escuchar un ruido. Parecían pisadas sobre las hojas secas, se pararon y guardaron silencio, pero no vieron a nadie.

José estaba cada vez más pálido, se comió una chocolatina para darse ánimos y sacó el pañuelo rojo de su mochila.

—Vamos —le dijo decidido a Rafa—, terminemos con esto ya, no puedo más.

La casa estaba en un alto del terreno, inmensa y muy vieja, daba la impresión de inclinarse hacia un lado, como los buques en las tempestades. El viento empezó a soplar aún más fuerte batiendo las contraventanas de madera, y las sombras de las ramas dibujaban figuras alargadas contra la fachada.

Los amigos se miraron para darse ánimos. Subieron los peldaños de madera que llevaban a la puerta principal, crujían a cada paso, despertando a un enjambre de cucarachas negras, grandes como ratones, que salieron corriendo despavoridas entre sus zapatos. José se armó de valor y empujó la pesada puerta, que se abrió con un crujido aún más grande. Apartó con sus manos las telarañas que hacían de mosquitera y se dirigió a un gran candelabro que colgaba en mitad del salón.

—¿Has visto eso? —susurró Rafa—, ¡hay alguien en el jardín!

Esta vez no había duda, “algo” se acercaba a la casa. Los amigos se quedaron paralizados, las piernas les temblaban y no podían articular palabra. Así, agarrados el uno al otro y pálidos como la nieve, vieron a la figura empujar la puerta, momento en el que un destello de la luna iluminó unos colmillos blancos y afilados.

—Si muero, te puedes quedar con mis Legos —consiguió decir Rafa a su amigo.

En ese momento la figura misteriosa se plantó en jarras delante de los dos niños.

—Pero ¿qué demonios estáis haciendo aquí a estas horas? ¡Estáis locos! Llevo un buen rato llamándoos y no me hacéis ni caso. ¡A casa ahora mismo y mañana hablamos! —gritó el fantasma enfurecido—. ¡Espero que al menos hayáis terminado vuestros deberes!

La voz sonó como un trueno que hizo retumbar las paredes, pero sobre todo sonó extrañamente familiar. Los amigos intentaban entender qué estaba pasando ¿Por qué el fantasma les estaba echando esa regañina? Esperaban un mazazo en la cabeza, o sentir como les absorbía el alma, tipo los Dementores de Harry Potter, o cualquier otro tipo de tortura sangrienta y dolorosa, pero ¿una riña? ¿Y qué era esa obsesión de este ser del  más allá por los deberes?

De repente, todo cobró sentido. A decir verdad nunca se alegraron tanto de ver a D. Aurelio acompañado de Nelson. Como todas las noches, había salido a pasear a su pastor alemán cuando vio a dos de sus alumnos deambulando solos por el bosque, y preocupado, les siguió monte arriba.

Durante el camino de vuelta, D. Aurelio no paró de regañarles mientras les daba una lista detallada de los castigos que les iba imponer, pero al pasar por la cancela los amigos se miraron y no pudieron evitar una sonrisa de triunfo. Miraron la casa embrujada, grande y gris salvo por un pañuelo rojo que, colgado del gran candelabro, brillaba desafiante. El comienzo del curso no iba ser tan malo después de todo, ¡habían cumplido el reto.

Nota de Miss McHaggis:

Nelson sacó a D. Aurelio a pasear, como todas las noches. Al pasar por la plaza, olió a dos niños que andaban muertos de miedo (es un olor inconfundible), así que tiró de D. Aurelio hasta que éste logró darse cuenta de la situación.

Atravesar el bosque fue todo un reto perruno. D. Aurelio perdía la pista de los niños continuamente y el bueno de Nelson se dejó la garganta tirando de la correa para llevarle por el camino correcto. Incluso tuvo que aullar en varias ocasiones para apremiarle a seguir.

Como era consciente de que los niños tenían miedo, puso su mejor sonrisa al entrar a la casa. Abrió mucho la boca y enseñó los dientes tal y como hacen los humanos. Sin embargo, de forma totalmente inexplicable, los niños pegaron un brinco al verlo y se agarraron el uno al otro con más fuerza aún. Siempre sorprende el comportamiento de los hombres, pero eso es algo con lo que tenemos que vivir.

Afortunadamente la noche no fue sólo desastres para Nelson. De tantos saltos y aspavientos como hicieron los cachorros humanos, de sus bolsillos cayeron unas chocolatinas que estaban buenísimas y le sentaron la mar de bien.

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¿Habéis encontrado la frase secreta? La podéis poner en los comentarios que publicaremos todos juntos en unos días o mandárnosla a nuestro email missmchaggis@gmail.com para participar en un sorteo de cinco cuentos solidarios Boca de Algodón de la escritora Carmen de la Rosa.

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